Entre la Muerte y el Miedo: la confusión del Día de Muertos
Por Víctor Rodríguez
La celebración del Día de Muertos, una de las tradiciones más arraigadas en México, atraviesa hoy una crisis de sentido. Lo que alguna vez fue una manifestación profunda de respeto, memoria y espiritualidad hacia los difuntos, se ha convertido en una mezcla confusa de creencias, costumbres y modas importadas que diluyen su esencia. Hoy, pareciera que no sabemos si festejamos a la muerte, a los muertos, a los vivos disfrazados de monstruos o simplemente a las calabazas macabras.
En escuelas, municipios y hasta concursos de ofrendas se observa esta confusión. Muchos de quienes promueven la cultura mexicana no tienen claro qué se celebra realmente ni cuál es el origen de cada elemento. ¿Por qué se pide “calaverita”? ¿Por qué se cantan canciones o se disfrazan los niños? ¿Por qué se coloca cigarros, alcohol o pan en las ofrendas? Lo preocupante no es la diversidad, sino la falta de comprensión que convierte una conmemoración sagrada en una caricatura sin sentido.
Históricamente, las ofrendas a los muertos se remontan a las culturas prehispánicas de Mesoamérica. Cada pueblo tenía su propia visión del tránsito hacia el más allá. Para los mexicas, por ejemplo, el alma debía recorrer caminos difíciles y cruzar ríos acompañada de utensilios que se le colocaban en las ceremonias funerarias. La muerte no era un final, sino una continuación de la vida en otro plano.
Con la llegada del cristianismo, la Iglesia católica rechazó inicialmente estas prácticas. La Biblia enseña que los muertos no regresan; Sin embargo, para mantener la influencia sobre los pueblos indígenas, el clero permitió la costumbre de honrar a los difuntos, adaptándola a la festividad de Todos los Santos y Fieles Difuntos. Así, las ofrendas pasaron de ser un rito pagano a una tradición sincrética, que celebra la memoria de quienes ya partieron, no la muerte misma.
La diferencia es fundamental: no se venera a la muerte, sino la vida que fue . El Día de Muertos no es una exaltación del terror, sino una fiesta de reencuentro simbólico con los ausentes. Pero esta claridad se ha perdido entre el consumismo, la globalización y la influencia del Halloween, una celebración anglosajona que nada tiene que ver con nuestras raíces.
Halloween celebra el miedo, la oscuridad, los demonios y las brujas; el Día de Muertos, en cambio, celebra la luz de la memoria, el amor y la familia. Sin embargo, hoy las ofrendas se decoran con murciélagos, arañas, fantasmas y calabazas talladas, confundiendo a los más pequeños y sembrando en ellos la idea de que todo es lo mismo.
A esta confusión se suma otro elemento malinterpretado: La Catrina . Convertida hoy en un ícono visual del Día de Muertos, pocas personas saben que no tiene origen en esta tradición . La Catrina Garbancera fue una caricatura creada por José Guadalupe Posada a inicios del siglo XX, y popularizada más tarde por Diego Rivera. Era una crítica mordaz a las clases altas que, avergonzadas de sus raíces, adoptaban modas europeas para aparente distinción. Su elegante calavera era una burla social, una sátira al vacío de identidad de quienes estaban “muertos por dentro” de su cultura mexicana.
Sin embargo, el paso del tiempo y el consumismo la transformaron en figura decorativa, símbolo de moda, disfraz y adorno en ofrendas, sin relación directa con el sentido espiritual del Día de Muertos . La Catrina, que nació como una denuncia periodística, fue absorbida por la mercadotecnia y convertida en emblema festivo de una disparatada mezcla entre ironía, muerte, moda y negocio.
Por su parte, la Iglesia evangélica mantiene una postura firme respecto a estas prácticas. Desde su interpretación literal de la Biblia, se considera que las ofrendas a los muertos son inaceptables, ya que la Escritura enseña que los muertos no tienen participación alguna en el mundo de los vivos . El libro de Eclesiastés 9:5-6 lo expresa claramente:
«Porque los que viven saben que han de morir; pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido. También su amor y su odio y su envidia fenecieron ya; y nunca más tendrán parte en todo lo que se hace debajo del sol.»
Bajo esta enseñanza, no se justifica ofrecer alimento, bebida o cualquier cosa material a los difuntos , pues se entiende que su destino ya está definido y que solo la fe en Dios otorga vida eterna.
Por otro lado, los creyentes evangélicos no celebran la muerte como un hecho trágico o temible , sino como el momento en que el alma regresa a su Creador . Para ellos, la muerte no es un motivo de ofrenda ni de adoración, sino una transición espiritual hacia la presencia divina. En lugar de altares o símbolos, ofrecen oraciones y agradecimiento por la vida concedida, confiando en la promesa bíblica de que quienes duermen en Cristo tendrán vida eterna.
Otro elemento que ha contribuido a la distorsión cultural es el culto a la Santa Muerte , una práctica surgida fuera de las raíces prehispánicas y católicas, y que suele asociarse con entornos del crimen organizado y corrientes de ocultismo. Este culto —ajeno a la tradición mexicana del Día de Muertos— adora directamente a la muerte como una entidad con poder , lo cual confunde a los más pequeños, que no alcanzan a distinguir entre el respeto a los difuntos y la veneración a una figura idolátrica. En la mente de los niños, todo se mezcla: las calaveras, las ofrendas, los disfraces, las catrinas y la “Santa Muerte”, generando una pérdida de sentido sobre lo que realmente se celebra.
Pero esta confusión no solo afecta la comprensión de nuestras raíces, sino también la forma en que vivimos la pérdida . Es peligroso, porque cuando la muerte realmente toca nuestra puerta, cuando un ser querido parte, el discurso festivo se desmorona. Entonces surge el cuestionamiento inevitable: ¿cómo se puede celebrar a la muerte si, cuando se hace presente, lo que provoca es un dolor profundo e incontrolable?
Quizás la respuesta esté en entender que no celebramos la muerte, sino la permanencia del amor más allá de ella . Que las flores, las velas y los altares no
Mientras no comprendamos esto, seguiremos confundiendo el miedo con la fe, el disfraz con el símbolo y la muerte con el olvido.
