Cuando un policía te salva la infancia
Por Víctor Antonio Rodríguez Carrasco
Periodista, DT Más Noticias
Hay fechas que no necesitan calendario. Se instalan en la memoria. Así pienso cada vez que escucho hablar del Día del Policía, de los reconocimientos oficiales y de los discursos que buscan resumir una labor que, en realidad, sólo se entiende cuando se vive de cerca.
Yo lo entendí siendo niño.
Jugábamos en la calle, como se jugaba antes: sin celulares, sin vigilancia, con la inocencia intacta. Éramos seis, quizá ocho niños. De pronto, un vehículo apareció fuera de control. El conductor estaba ebrio. Recuerdo el ruido del motor, el miedo seco en el pecho, la sensación de no saber a dónde correr. En segundos, la calle dejó de ser un espacio de juego y se convirtió en un lugar de peligro.
Nos sentimos pequeños. Vulnerables. Asustados.
Y entonces aparecieron ellos.
Dos policías pasaban justo en la esquina. No lo pensaron. No preguntaron. Actuaron. Uno forcejeó con el agresor hasta someterlo; el otro orilló el vehículo y puso orden donde había caos. No hubo aplausos, no hubo cámaras, no hubo reconocimiento. Sólo hicieron lo que tenían que hacer.
Para nosotros, esos dos policías no eran autoridades. Eran héroes. Así, sin adjetivos. Héroes que llegaron cuando más los necesitábamos. Desde ese día, la imagen del policía quedó tatuada en mi memoria como la de alguien que se interpone entre el miedo y la vida.
Con los años, esa imagen se ha ido fracturando. Lo sabemos. Malos elementos han ensuciado el uniforme y han roto la confianza social. Negarlo sería mentirnos. Pero reducir a todos a esa mancha sería una injusticia aún mayor.
Porque la mayoría de los policías sale cada día con incertidumbre. Con miedo. Con cansancio. Sale sabiendo que quizá no regrese igual o que quizá no regrese. Sale con un salario que pocas veces compensa el riesgo, pero con una convicción que pesa más: proteger a otros.
Detrás del uniforme hay personas. Hay madres que se despiden sin saber si volverán a abrazar a sus hijos. Hay padres que cargan con la responsabilidad de llegar a casa. Hay historias que nunca aparecen en los boletines, ni en las estadísticas, ni en las ceremonias oficiales.
Como periodista, he sido crítico del ejercicio del poder en materia de seguridad. He señalado errores, abusos y omisiones. Es parte de mi trabajo. Pero también es parte de mi responsabilidad no olvidar que, en medio del sistema, hay personas que sí hacen bien las cosas. Personas que cumplen. Personas que arriesgan.
Hoy no escribo desde la estadística ni desde el escritorio. Escribo desde la memoria de un niño que un día fue protegido. Desde la gratitud de un adulto que no olvida.
Honor a quien honor merece.
Al policía que protege sin reflectores.
Al que sale de casa con miedo, pero también con valor.
Al que, aun en desventaja, decide ponerse de pie frente al peligro.
Porque a veces, un policía no sólo cuida una calle.
A veces, salva una infancia.
