Cuando el discurso de seguridad se queda sin llantas
Por Víctor Antonio Rodríguez Carrasco
Periodista, DT Más Noticias
Hay escenas que no requieren análisis técnico ni largas explicaciones. Se explican solas. En Texoloc, mientras el presidente municipal David Sánchez Rincón presentaba su informe de gobierno ante la ciudadanía y destacaba presuntos avances en materia de seguridad, la realidad decidió irrumpir sin pedir permiso: delincuentes robaban las llantas de su vehículo.
El contraste fue inmediato. Casi cómico, si no fuera profundamente vergonzoso. Desde el micrófono se hablaba de orden, vigilancia y resultados, mientras a pocos metros se cometía un delito elemental, sin prevención, sin reacción y sin consecuencias visibles. La escena no sólo contradijo el discurso: lo desnudó por completo.
El mensaje para la ciudadanía fue demoledor. Si el propio alcalde no pudo proteger su patrimonio durante un acto oficial, rodeado de autoridades y supuestamente bajo un esquema de seguridad, ¿qué puede esperar el ciudadano común cuando regresa de noche a casa, cuando cierra su negocio o cuando transita por calles sin vigilancia?
Más preocupante aún fue la reacción posterior. El alcalde optó por justificar el hecho como supuestas amenazas directas a su persona, derivadas —según su versión— de su trabajo al frente del municipio. El argumento puede resultar conveniente, pero no resiste el contraste con la realidad. No se trató de un atentado sofisticado ni de un mensaje criminal de alto nivel. Fue un robo simple, directo, ejecutado ante la evidente falta de capacidad operativa de la policía municipal.
Y ahí se encuentra el verdadero problema.
Autoridades de este tipo suelen ser electas con enormes carencias en el ejercicio del poder: falta de planeación, desconocimiento del territorio, improvisación y cuerpos policiacos sin la mínima profesionalización. No es mala suerte ni persecución política; es el resultado de gobiernos que entienden la seguridad como discurso y no como responsabilidad permanente.
La seguridad pública no se mide por lo que se dice en un informe, sino por lo que ocurre en la calle. No se acredita con cifras acomodadas ni con frases ensayadas, sino con presencia efectiva, prevención real, reacción oportuna y policías capacitados. Cuando eso no existe, cualquier narrativa se cae por su propio peso.
Lo ocurrido en Texoloc no es un hecho menor ni anecdótico. Es un síntoma. Un reflejo de administraciones que no logran —o no saben— ejercer el poder que la ciudadanía les confirió. Gobiernos donde hay templete, micrófono y aplausos, pero no autoridad ni control del territorio.
La ciudadanía merece algo mejor que excusas. Merece gobiernos que no sólo prometan seguridad desde un estrado, sino que sean capaces de garantizarla incluso cuando nadie los está observando. Porque cuando el discurso habla de seguridad, pero la realidad se queda sin llantas, queda claro que el problema no es una amenaza personal: es una falla estructural de gobierno.
