Texmelucan: a quince años del estallido, el riesgo que el Estado permitió repetir

Hay tragedias que no se olvidan porque no sólo dejan cifras, sino cicatrices. La explosión de San Martín Texmelucan, Puebla, ocurrida hace quince años, es una de ellas. Aquella madrugada, el fuego no distinguió calles, casas ni familias. Avanzó por donde pudo: por el drenaje, por las banquetas, por la vida cotidiana de una ciudad que jamás imaginó despertar envuelta en llamas.

Para quienes lo vivieron, no fue una noticia: fue el estruendo que sacó a familias de sus casas, el olor del combustible en el aire, el miedo de no saber si el siguiente estallido ocurriría a unos metros más. Para quienes lo vimos desde fuera, fue la confirmación de que algo estaba profundamente mal y de que el riesgo llevaba tiempo ahí, ignorado, normalizado o minimizado.

Con los años, las explicaciones oficiales han transitado entre dos posibilidades igualmente graves: una toma clandestina o un derrame de un ducto de Petróleos Mexicanos. Pero más allá de la causa exacta, la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿cómo fue posible que una amenaza de tal magnitud conviviera durante tanto tiempo con una zona habitada sin que nadie actuara a tiempo?

Si se trató de una toma clandestina, entonces hablamos de un delito que creció frente a todos, alimentado por el silencio, el miedo o la indiferencia. Si fue una falla en el ducto, el problema es todavía más inquietante: infraestructura de alto riesgo atravesando comunidades sin supervisión efectiva ni sistemas de alerta que permitieran salvar vidas. En ambos casos, el resultado fue el mismo: la prevención llegó demasiado tarde.

Texmelucan nos recordó de la peor manera que la ilegalidad no es un concepto lejano ni una estadística en un informe. La extracción clandestina de combustible no sólo roba recursos; pone en peligro a comunidades enteras. Y la negligencia institucional no es un error administrativo: es una omisión que puede costar vidas.

Quince años después, la memoria debería servirnos para algo más que para recordar. Debería obligarnos a preguntar si hoy estamos mejor preparados, si los ductos son más seguros, si las autoridades reaccionan con rapidez ante una fuga, si las comunidades saben qué hacer cuando algo no huele bien, literalmente. Porque el combustible sigue fluyendo bajo tierra y el riesgo no desaparece por decreto.

Recordar Texmelucan no es abrir una herida, es evitar que vuelva a sangrar. Es exigir que el Estado haga lo que le corresponde, que la ilegalidad no se tolere y que la vida esté por encima de la omisión. Porque cuando pasan quince años y el peligro sigue ahí, la tragedia no pertenece al pasado: sigue siendo una advertencia viva

 

Autor: Víctor Antonio Rodríguez Carrasco