Tlaxcala sí existe… y sus cacicazgos también
Víctor Rodríguez
Tlaxcala sí existe. Existe su gente, existen sus comunidades, existen sus carencias históricas y también existen sus avances. El reciente cuarto informe de la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros mostró resultados que, en términos de obra pública, inversión y programas sociales, marcan un antes y un después para un estado que durante décadas fue relegado y minimizado, incluso por sus propios vecinos.
Pero Tlaxcala no es solo cifras, anuncios ni eventos multitudinarios. Tlaxcala también es poder concentrado, es control heredado, es cacicazgo enquistado. Y eso, aunque incomode, también existe.
Resulta llamativo que en un informe que presume transformación y cambio hayan estado presentes figuras que, desde hace años, mantienen intactos sus cotos de poder. Personajes y grupos que representan ese Tlaxcalita que duele, que indigna, que se intenta esconder bajo el discurso del progreso, pero que sigue operando con las mismas prácticas de siempre.
Cacicazgos que no se tocan
En Tlaxcala hay cacicazgos que no solo sobreviven, sino que se fortalecen. Algunos se mueven en lo económico, otros en lo político, otros en lo académico, otros en lo mediático, y muchos en todos esos espacios al mismo tiempo. Son redes que se protegen entre sí, que intercambian favores, que se blindan con silencios y que operan bajo la lógica del “yo no te toco y tú no me tocas”.
Uno de los ejemplos más evidentes es el transporte foráneo. Durante décadas, una sola empresa ha mantenido bajo su control rutas estratégicas del estado. No hay competencia real, no hay opciones para el usuario y no hay sanciones visibles, aun cuando se acumulan accidentes, quejas y pérdidas humanas. La empresa cumple ya cien años operando en Tlaxcala y sigue siendo intocable. ¿La razón? No es un misterio: muchos políticos han sido y son accionistas, aliados o beneficiarios directos de ese negocio.
Este sector jamás aparece en los informes de gobierno como un problema a resolver. Simplemente no se toca. Es un cacicazgo protegido.
La universidad como feudo
Otro caso que indigna a la sociedad tlaxcalteca es el de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Desde hace años, la institución dejó de ser solo un espacio académico para convertirse en un proyecto financiero y político de familia. Los cargos se reparten, se heredan, se rotan: rectoría, dirigencias partidistas, diputaciones locales. Siempre los mismos apellidos.
Se prometió transformación, se prometió revisar la vida interna de la universidad, se habló de democratización y rendición de cuentas. Pero algo pasó. Hubo acuerdos, hubo pactos, hubo silencios. Hoy, esa familia mantiene el control y, además, cobra políticamente sus omisiones, prestando el Centro Cultural Universitario para eventos oficiales y actos del poder. Compadrazgo puro.
El cacicazgo mediático
En el periodismo tlaxcalteca también hay cacicazgos. El más evidente es el de la Organización Editorial Mexicana, cuya presencia en el estado no puede desligarse del financiamiento público. Su maquinaria, su publicidad, incluso sus instalaciones, han sido sostenidas con recursos que pertenecen a los tlaxcaltecas.
Recientemente se reveló que su edificio se encuentra en un predio propiedad del estado, y que, de acuerdo con declaraciones oficiales, se buscaría negociar esa situación. Este es un tema que la sociedad no olvida ni debe olvidar.
Este grupo mediático no solo informa: opera políticamente, presiona a municipios, negocia silencios, factura publicidad y cobra favores electorales. Tiene poder, pero carece de legitimidad social. Es un cacicazgo que influye en la opinión pública y que rara vez es cuestionado desde el poder.
Cacicazgos partidistas
A esto se suma el cacicazgo partidista, donde las supuestas opciones políticas se identifican más por apellidos que por proyectos. Familias completas se han apropiado de siglas, candidaturas y posiciones, usando los partidos como franquicias personales. En Tlaxcala, a veces resulta más fácil reconocer a un grupo político por su apellido que por su ideología.
Tlaxcala existe, pero no es ingenua
Reconocer los avances del actual gobierno no implica cerrar los ojos ante estas realidades. Tlaxcala existe, sí. Pero también existen sus caciques. Existen los intocables. Existen los acuerdos en lo oscurito. Existen los poderes que no pasan por las urnas ni por los informes.
La verdadera transformación no solo se mide en obras, sino en la capacidad del poder público para enfrentar a estos cacicazgos, romper pactos históricos y devolverle a la ciudadanía lo que durante años se le ha negado: opciones reales, competencia, transparencia y dignidad.
Tlaxcala existe.
Y mientras no se rompan sus cacicazgos, seguirá existiendo a medias.
