Entre la soberanía y la realidad: México ante una inminente intervención militar de Estados Unidos

Las recientes declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en las que reafirma su intención de intervenir de forma terrestre contra los cárteles de la droga en México, ya no suenan a simple retórica ni a amenaza electoral. Son la confirmación —con un tono mucho más firme y real— de advertencias que llevaba tiempo lanzando y que hoy se enmarcan en un contexto internacional cada vez más tenso. Frente a ello, la postura de la presidenta Claudia Sheinbaum ha sido clara: México es un país soberano y no permitirá la entrada de fuerzas armadas extranjeras. Es una posición que, en el plano político y diplomático, resulta correcta y necesaria. Sin embargo, más allá del discurso, surge una pregunta incómoda que pocos se atreven a formular con honestidad: siendo realistas, ¿qué puede hacer México ante una intervención militar estadounidense?

La respuesta, aunque duela, es cruda: muy poco. México no cuenta con la tecnología, la capacidad militar ni el poder estratégico de Estados Unidos. No se trata de falta de valor ni de amor a la patria; se trata de una diferencia abismal de capacidades. Pensar lo contrario es engañarnos a nosotros mismos. Pero el problema de fondo no es únicamente militar. Es, sobre todo, un problema de responsabilidad histórica.

Durante años, el país prefirió negar lo evidente. La corrupción se normalizó, el crimen organizado se infiltró en la política, en los gobiernos locales, en las policías, en las economías regionales y, poco a poco, en la vida cotidiana. Como sociedad aprendimos a convivir con el narco: a temerle, a tolerarlo y, en algunos casos, a justificarlo. Las instituciones se debilitaron, la educación perdió rumbo y el dinero ilícito comenzó a comprar silencios, voluntades y campañas. Así se fue construyendo, paso a paso, una narcosociedad.

Los cárteles no se fortalecieron solos. Crecieron porque el Estado fue omiso y porque como país permitimos que ocurriera. Hoy, ese mismo poder criminal ya no solo desangra a México; también golpea directamente a Estados Unidos. Desde esa lógica —fría, pragmática y sin matices— Trump no está “atacando a México”; está diciendo que va a defender a su gente de organizaciones criminales que el propio Estado mexicano no logró contener.

Aceptar esta realidad no implica doblar las rodillas ni renunciar a la soberanía. Implica reconocer que este escenario se veía venir. La infiltración del crimen organizado en la política mexicana tenía una consecuencia inevitable. Tarde o temprano, alguien iba a decidir actuar cuando el problema dejó de ser interno y se convirtió en una amenaza regional.

México se encuentra hoy ante una factura histórica que comienza a cobrarse. La tensión con Estados Unidos no es el origen del problema; es el resultado de décadas de omisiones, simulaciones y complicidades. En este contexto, todas las miradas están puestas en Claudia Sheinbaum: en su capacidad para resistir la presión externa, pero también en su voluntad para enfrentar, de una vez por todas, lo que durante años se evitó enfrentar dentro del país.

Porque la soberanía no se defiende solo con discursos firmes ni con llamados al orgullo nacional. Se defiende ejerciendo control real del territorio, limpiando las instituciones y asumiendo, como sociedad, la responsabilidad de lo que hoy nos alcanza. México está ante un momento decisivo: mirarse al espejo sin excusas o seguir postergando un ajuste de cuentas que, tarde o temprano, siempre llega.