Cuando un gentilicio se vuelve herida

Hay palabras que no deberían doler. Tlaxcalteca es una de ellas. Es un gentilicio que nombra historia, identidad, raíces profundas y una memoria colectiva que no se puede borrar con un tuit. Sin embargo, en los últimos días esa palabra fue usada en un contexto que lastimó, que incomodó y que encendió una indignación legítima en Tlaxcala.

La periodista Sabina Berman utilizó el término “tlaxcalteca” de una manera que miles de personas interpretaron como despectiva. No fue un asunto menor ni una susceptibilidad exagerada. Bastó leer las reacciones para entenderlo: legisladores, actores públicos y ciudadanos comunes coincidieron en algo muy simple y muy humano —no se juega con la identidad de un pueblo para desacreditar a una persona.

El comentario que detonó la polémica fue respondido después por la propia Berman con la siguiente frase:

“Usé el gentilicio tlaxcalteca no para descalificar, sino para describir; y sin ignorancia, con conocimiento de la Historia.”

Pero aquí está el fondo del problema: las palabras no solo importan por la intención de quien las escribe, sino por el efecto que producen en quienes las reciben. Y el efecto, en este caso, fue claro. Para muchas y muchos tlaxcaltecas, el uso del gentilicio sonó a burla, a desprecio, a ese viejo centralismo que históricamente ha minimizado a los estados que no encajan en la narrativa del poder o de la élite intelectual.

En redes sociales, la reacción fue contundente. Los calificativos hacia la periodista no tardaron en aparecer: ignorante, inculta, clasista, racista. Son palabras duras, sí, pero nacen del hartazgo. Del cansancio de ver cómo, una y otra vez, se utilizan identidades regionales como sinónimo de atraso, sumisión o irrelevancia. Como si Tlaxcala —y su gente— fueran un recurso retórico para descalificar.

A esta molestia se sumó otro elemento que encendió aún más el debate: la percepción ciudadana de que Sabina Berman es una periodista cercana al poder, particularmente al gobierno de Claudia Sheinbaum, y que su voz pública se sostiene, directa o indirectamente, con recursos que provienen de los impuestos de todas y todos los mexicanos. Más allá de que esta acusación sea una postura social y no una sentencia jurídica, lo que revela es una exigencia cada vez más clara: ética, responsabilidad y respeto en el discurso público, especialmente cuando se habla desde plataformas privilegiadas.

Tlaxcala no es un adjetivo. No es un insulto. No es una categoría menor. Es un estado con una historia compleja, con pueblos originarios vivos, con mujeres y hombres que trabajan, migran, resisten y construyen país todos los días. Reducir esa identidad a un recurso de confrontación política es no entender —o no querer entender— el peso simbólico de las palabras.

Esta polémica deja una lección que va más allá de Sabina Berman. Nos recuerda que el periodismo no solo informa: también moldea percepciones. Y cuando desde el micrófono, la pluma o el teclado se hiere a una comunidad entera, el daño no se corrige con una explicación técnica ni con una referencia histórica mal entendida.

Porque al final, lo que dolió no fue un tuit. Lo que dolió fue sentir, una vez más, que desde ciertos espacios se sigue mirando a Tlaxcala por encima del hombro. Y eso, legítimamente, no se perdona con facilidad.