EN CONFIANZA
Por Gilberto Olmos

Hablar de arte siempre divide opiniones. Para algunos es un bálsamo para el alma, para otros, una tortura para la paciencia. Hay obras que emocionan con solo mirarlas, que transmiten belleza sin necesidad de explicación. Y hay otras que parecen diseñadas más para un acertijo que para una galería, aunque no falte quien se emocione hasta lo indescriptible con ellas.

El problema es cuando ciertas expresiones artísticas cruzan la línea: no son propuestas, son provocaciones. Así ocurrió con la exposición “Lógicas Maricas” en la Pinacoteca del Estado, una muestra que lejos de generar diálogo, produjo desencuentros. Y no porque hable de diversidad sexual —tema necesario y válido— sino porque se presentó con un trazo que parecía más una ofensa deliberada que una reflexión estética.

La homosexualidad, como cualquier otra preferencia, no se define en una galería con imágenes explícitas ni se reduce a clichés de sexualidad desbordada. Una persona homosexual, como cualquiera, es brillante, crítica, sensible y productiva. Y lo último que necesita es que el arte, en nombre de la representación, termine encasillándola en un imaginario de excesos sexuales que, francamente, poco abona a la dignidad de nadie.

La molestia no surge solo del contenido, sino del contexto. La exposición estuvo disponible en la Pinacoteca del Estado, un espacio público al que pueden ingresar familias enteras, visitantes de todo tipo y con creencias diversas. Y dentro de ese público, la comunidad católica —que no es poca cosa en Tlaxcala— se sintió directamente ofendida. Porque una cosa es cuestionar estructuras sociales y otra muy distinta es ofender directamente los símbolos de fe. Ahí es donde la provocación reemplaza al arte.

La secretaria de Cultura, Karen Álvarez Villeda, es señalada como la promotora entusiasta de esta exposición. Pero su papel genera preguntas: ¿actuó como servidora pública en representación de todos los tlaxcaltecas o como activista de esas preferencias con agenda propia? Porque si se privilegia lo segundo, el gobierno queda expuesto en una contradicción: mientras la gobernadora Lorena Cuéllar proyecta una imagen de unidad familiar y respeto social, desde su gabinete se lanzan mensajes que parecen dinamitar esa misma narrativa.

Lo más delicado es el escenario en el que esto ocurre. Tlaxcala, lamentablemente, arrastra el estigma nacional de ser tierra de trata de personas con fines de explotación sexual. Y en ese contexto, exponer imágenes que bordean lo pornográfico no solo resulta de mal gusto, sino que raya en la insensibilidad política. No se trata de censura, sino de sentido común.

La gran incógnita es si la gobernadora autorizó la exposición o si simplemente se enteró cuando ya estaba montada. En cualquiera de los casos, el resultado es incómodo: si no lo sabía, preocupa el descontrol dentro de esa depena de su gabinete; si lo sabía, preocupa la contradicción con los valores que dice defender. Y ninguna de las dos opciones es menor.

El arte debe incomodar, sí, pero no ofender gratuitamente. Debe cuestionar, pero también proponer. Y sobre todo, debe buscar un diálogo con la sociedad, no un rompimiento. Cuando se pierde de vista esa línea, lo que queda no es arte: es activismo disfrazado de provocación estética. Y en la política cultural de un estado, eso nunca termina bien y menos si se trata, como así lo parece, de una necedad de quien impulsa un tema de interés personal y no del colectivo, como lo hace ver la infortunada secretaria de cultura.

Quizá la lección sea que el arte no puede usarse como tribuna personal desde el servicio público. Porque más allá del debate estético, lo que queda en la percepción ciudadana es que, mientras el gobierno habla de unidad, sus funcionarios parecen jugar a dividir. Y la credibilidad institucional no está como para darse esos lujos.

Al final, más que discutir si “Lógicas Maricas” era arte o no, habría que preguntarse si era lo que Tlaxcala necesitaba ver en ese momento y en ese lugar. La respuesta, por lo que se escuchó en las calles, parece ser bastante clara.

Otra confiancita
Las motocicletas se multiplican en Tlaxcala como hongos después de la lluvia. Son prácticas, rápidas y económicas, pero también un riesgo que crece a la vista de todos. Conductores sin casco, sin placas, con acompañantes en equilibrio circense y hasta con bebés en brazos, circulan como si la vialidad fuera parque de diversiones.

Lo preocupante es que los accidentes mortales aumentan y, en muchos casos, la falta de protección básica es la diferencia entre un susto y una tragedia. Además, no es ningún secreto que buena parte de los delitos menores en la entidad se cometen a borde de una motocicleta.

La solución no está en prohibir ni satanizar, sino en aplicar la ley con rigor. Casco obligatorio, placas visibles, no más de dos pasajeros, sin que alguno de ellos sea menor de 12 años, además de operativos permanentes para asegurar que esto se cumpla. Ni más ni menos. Porque la movilidad no debería convertirse en sinónimo de impunidad.

Nos vemos pronto … En confianza.