Encuestas sin voto: el espejismo rumbo a la gubernatura de Tlaxcala
A medida que se acerca el proceso para elegir a la próxima o próximo gobernador de Tlaxcala, comienzan a multiplicarse las encuestas. Aparecen en portales, redes sociales y notas “informativas” que, más que informar, parecen competir por imponer una narrativa anticipada del resultado electoral. Hoy, las encuestas ya no sorprenden ni convencen: se han convertido en un instrumento publicitario más.
Lejos de ser un termómetro confiable de la intención del voto, muchas encuestas operan como herramientas de posicionamiento político. Sus resultados suelen responder menos a la realidad social y más a los intereses de quien las paga o las difunde. No es una percepción aislada: basta revisar procesos electorales pasados para constatar que, en más ocasiones, las encuestas han errado que acertado.
Los porcentajes “precisos”, las gráficas coloridas y las metodologías extensas no logran ocultar una verdad cada vez más evidente para la ciudadanía: la credibilidad de estos ejercicios está seriamente desgastada. Aunque se publiquen supuestos márgenes de error y tamaños de muestra, el ciudadano común entiende que esos números no reflejan necesariamente lo que sucede en la calle, en los mercados, en las comunidades o en las conversaciones cotidianas.
Hay además un factor clave que rara vez se reconoce: la desconexión entre las encuestas y la gente. La mayoría de los tlaxcaltecas no recibe llamadas para participar en estos sondeos, y quienes las reciben, en muchos casos, optan por no contestar. No por apatía política, sino por desconfianza y hartazgo. Nadie quiere perder tiempo respondiendo preguntas que siente no inciden en nada o que, incluso, pueden ser utilizadas con fines distintos a los anunciados.
Este distanciamiento provoca que las encuestas terminen construidas sobre universos reducidos, sesgados o poco representativos. Aun así, se presentan como verdades absolutas, capaces de definir ganadores anticipados, desalentar candidaturas o influir en la percepción pública antes de que exista un solo voto emitido.
En Tlaxcala, como en muchas otras entidades, el verdadero pulso electoral no se mide desde un call center ni desde un gráfico estadístico. Se mide en la cercanía, en la credibilidad de los proyectos, en la memoria colectiva y en la experiencia que la ciudadanía tiene con sus gobiernos. El voto no se define por una encuesta, sino por la realidad vivida.
Quizá ha llegado el momento de mirar las encuestas con mayor escepticismo y devolverle su peso real: el de una referencia limitada, no el de una sentencia. Porque al final, la única encuesta que importa es la que se responde en las urnas.
