EN CONFIANZA
Por Gilberto Olmos
Dicen que la democracia es ese sistema en el que el pueblo elige… lo que el poder ya decidió. Y si alguien dudaba de esa máxima, bastó con observar la reciente elección judicial —sí, esa que se anunció como la “más democrática de la historia”— para entender que lo que realmente vimos fue la culminación de una coreografía bien ensayada desde el escenario nacional.
La reforma judicial pasó sin un rasguño por el Congreso, como si cada diputada y diputado hubieran firmado un contrato con cláusula de obediencia ciega. Ni una coma le movieron, no fuera que se descompusiera la partitura del gran director de orquesta: el expresidente Andrés Manuel López Obrador. Porque, aunque ya no despacha en Palacio, su batuta todavía busca dirigir el ritmo del país… aunque a veces desafine.
Pero si la partitura fue nacional, la ejecución fue local. Y aquí, en Tlaxcala, la sinfonía sonó con una precisión quirúrgica. La elección judicial dejó ver que la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros no solo juega el juego, sino que conoce bien las reglas y domina el tablero. Mientras algunos aún discutían si la elección sería libre, ella ya había movido sus piezas y asegurado que los nuevos juzgadores hablaran en el mismo tono —y con la misma partitura— que su administración.
¿Eso es ilegal? No. ¿Es éticamente cuestionable? Depende de qué lado de la balanza esté uno. ¿Es eficaz? Totalmente. Porque mientras otros se entretienen con el análisis moral, la gobernadora consolidó algo mucho más tangible: el control político de los tres poderes del estado. Y eso, en tiempos preelectorales, no es una jugada menor; es una jugada maestra.
El caso de Lorena Cuéllar es un recordatorio de que el poder no solo se ejerce, también se construye. Tiene el control del Ejecutivo, por supuesto, pero también el del Legislativo, vía la dirigencia estatal de Morena. Y ahora, como cereza en el pastel judicial, también tiene la venia del Poder Judicial local. Cualquiera diría que eso es tener el monopolio… del orden institucional.
Este tablero perfectamente armado debería poner nerviosos, no solo a los opositores con bandera ajena, sino a quienes, desde dentro de Morena, ya sueñan con el relevo. En especial a la senadora Ana Lilia Rivera Rivera, que no pierde oportunidad para hacer sentir que el “lorenismo” es una etapa que debe terminar. El problema es que no parece que vaya a terminar… al menos no sin una lucha de poder digna de novela.
Si algo ha dejado claro la gobernadora es que no está dispuesta a entregar las llaves sin asegurar que quien las reciba sea alguien de su entera confianza. Y ese proceso ya empezó. Cada alcaldía, diputación y candidatura importante será, sin duda, producto del ejercicio de su poder, y quien piense lo contrario es porque aún cree en los Reyes Magos.
Así que, si de herencias políticas hablamos, Lorena Cuéllar no solo aspira a dejar un legado de obras y programas. También quiere dejar huella en la estructura de poder que sobreviva a su sexenio. Una gobernadora que gobierna, opera, negocia… y gana. Todo al mismo tiempo y sin despeinarse, al menos públicamente.
Por eso, ahora más que nunca, urge que su comunicación social esté a la altura de su operación política. Porque si algo ha faltado en esta sinfonía de poder, es que el pueblo escuche con claridad la música que ella dirige. No basta con tocar bien, hay que saber proyectar el sonido. Y si logra eso, entonces sí, tendremos una gobernadora no solo poderosa, sino también trascendente.
Y eso, queridas y queridos lectores, en política, es más raro que un iniciativa modificado en el Congreso de la Unión de hoy en día.
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Una confiancita más
En materia de seguridad, los ciudadanos tenemos que pasar del lamento a la acción. No se trata de convertirnos en detectives ni mucho menos en opinólogos de sobremesa. Se trata de empezar por lo básico: reportar lo que se debe, cuidar el entorno, conocer a los vecinos, exigir con respeto… y dejar de propagar rumores como si fuéramos agencias de desinformación.
Porque repetir que “Tlaxcala ya no es seguro” sin fundamentos ni propuestas, solo abona al miedo, no a la solución. Ser ciudadanos también es asumir una postura activa, responsable y solidaria. No hace falta un cargo para cambiar las cosas, solo una buena dosis de sentido común.
Nos leemos pronto, en confianza.
