EN CONFIANZA
“El incómodo arte de reconocer lo evidente”

Las declaraciones de la presidenta Claudia Sheinbaum en favor de Lorena Cuéllar exhibieron un fenómeno peculiar en ciertos medios tlaxcaltecas: informar sin destacar. Entre silencios editoriales y malabares narrativos, el reconocimiento presidencial puso a prueba la coherencia del discurso crítico y recordó que, en política y periodismo, callar también es una forma de decir.

Por Gilberto Olmos
Hay elogios políticos que suenan protocolarios, casi mecánicos, como dictados por la cortesía institucional. Y hay otros que, por su claridad, provocan un fenómeno extraño en ciertos sectores: incomodidad editorial.
Eso ocurrió tras las declaraciones de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, quien se refirió a la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros como una mandataria entregada, trabajadora, respaldada por un equipo creativo y, para mayor mérito, eficaz pese a las limitaciones presupuestales propias de un estado pequeño.
El mensaje fue directo, sin rodeos ni eufemismos. Reconocimiento explícito al crecimiento en infraestructura hospitalaria, educativa y de obra pública. Una valoración política de alto nivel que, en teoría, debería traducirse en titulares igualmente directos. Pero la teoría y la práctica mediática, en Tlaxcala, suelen caminar por banquetas separadas.
Porque lo interesante no fue solo lo dicho desde la tribuna presidencial, sino lo ocurrido después en ciertos portales informativos. Algunos medios publicaron el video íntegro —prueba irrefutable de la declaración— pero evitaron cuidadosamente redactar una cabeza que sonara, siquiera remotamente, a reconocimiento. Una suerte de gimnasia narrativa donde se informa… procurando no parecer que se informa demasiado bien.
Un caso resultó particularmente ilustrativo. Difundir el material audiovisual sin otorgarle el peso natural de su contenido es una maniobra digna de estudio: el arte de decir sin decir, de mostrar sin admitir, de cumplir con el expediente sin alterar la línea emocional del lector habitual. Una coreografía editorial donde el dato existe, pero el énfasis se extravía.
Más fascinante aún es la sincronía observada en otros espacios, como algunos donde la constante ha sido una crítica severa —legítima, por cierto— hacia la administración estatal. Sin embargo, cuando la fuente ya no es local ni oficialista, sino la propia Presidencia de la República, el silencio interpretativo adquiere matices casi poéticos. No desmentir, pero tampoco destacar u por el contrario, atribuirle el mérito a un personaje anterior del ejecutivo local, deja de ser un delicado equilibrio entre la evidencia y la prudencia discursiva.
Y es que reconocer virtudes en quien se ha decidido cuestionar sistemáticamente parece generar una especie de cortocircuito ideológico. Como si el elogio presidencial obligara a recalibrar el relato previamente construido.
La objetividad, en estos casos, enfrenta su prueba más compleja: aceptar que la realidad no siempre coopera con la narrativa deseada.
Lo paradójico es que nadie exige ovaciones ni loas desmedidas. Bastaría un titular proporcional al contenido del video. Pero incluso esa moderación parece excesiva cuando el reconocimiento contradice la expectativa crítica sostenida durante años. Así, el lector termina presenciando un curioso fenómeno: información completa, interpretación selectiva.
En política, como en periodismo, los silencios también comunican. Y a veces dicen más sobre quien calla que sobre quien es objeto del comentario. Porque si la presidenta reconoce resultados en Tlaxcala, el hecho periodístico no es menor. Ignorarlo sería absurdo; minimizarlo, una decisión editorial tan respetable como reveladora.
Al final, el video circuló, las palabras quedaron y la percepción ciudadana, siempre más pragmática que ideológica, sacará sus propias conclusiones. Después de todo, la realidad tiene esa molesta costumbre de no pedir permiso antes de contradecir prejuicios.

OTRA CONFIANCITA
Estamos en temporada de sequía y, como suele ocurrir, la basura en las calles parece un detalle menor. Una botella aquí, un papel allá, una colilla que el viento administra con disciplina urbana. Nada dramático… hasta que llegan las lluvias. Entonces, lo que ayer fue un gesto trivial se convierte en ingeniería del desastre.
Las coladeras obstruidas no son producto de la naturaleza, sino del hábito ciudadano. Cada residuo arrojado a la vía pública es una contribución discreta a la próxima inundación. Y cuando el agua reclama su cauce, la factura se paga con recursos públicos, afectaciones patrimoniales y, en los peores casos, pérdidas humanas. Todo por “una basurita”.
La limpieza urbana no es solo responsabilidad gubernamental. Es, ante todo, un acto de civismo elemental. Tirar basura es fácil; asumir consecuencias colectivas, no tanto. Quizá la prevención más eficaz no requiera grandes presupuestos, sino pequeños gestos de responsabilidad cotidiana.
Nos vemos, pero en confianza