EN CONFIANZA

Por Gilberto Olmos

Dicen que el amor es ciego, pero en Tlaxcala es más bien exhibicionista. Y si no me cree, basta con darse una vuelta por cualquier evento de la Secretaría de Desarrollo Económico (SEDECO): ahí no solo encontrará discursos de fomento al crecimiento de las economías tlaxcaltecas, también será testigo de escenas románticas dignas de novela de Televisa.

El protagonista de esta trama es Javier Marroquín Calderón, secretario de Desarrollo Económico, quien, tras cerrar un capítulo en su vida matrimonial con Valeria, abrió otro con Aurora Villeda Temoltzin, diputada local de profesión y sombra de vocación. Porque, vaya donde vaya Javier, Aurora aparece como si formara parte de la plantilla de la SEDECO… aunque su nómina diga otra cosa.

Lo curioso no es que estén enamorados —felicidades, qué bonito—, sino que el romance se convirtió en parte del guion institucional. La diputada asiste a reuniones de trabajo que nada tienen que ver con su función legislativa y se planta en actos oficiales como si su credencial del Congreso fuera pase libre a todas las sillas del presídium. Pero de su labor en el Legislativo, bien, gracias.

Lo más sorprendente es el cambio de papel en el propio Javier. De aquel hombre bronco, acostumbrado a arreglar diferencias a gritos o a puñetazos (según el volumen de la botella de turno), ahora vemos a un funcionario convertido en conejito obediente, más preocupado por los berrinches de su amada que por las broncas económicas del estado. Un verdadero milagro del amor, versión SEDECO.

En cualquier otro contexto, esto sería solo un chisme de pasillo. Pero hablamos de servidores públicos que usan espacios, tiempos y hasta reflectores pagados con recursos públicos. Y ahí la cosa cambia: ya no es una relación personal, es un espectáculo patrocinado por todos. Y lo peor es que ni siquiera se justifica su presencia: ni Aurora tiene vela en todos los temas de la SEDECO, ni los contribuyentes estamos para financiar arrumacos en horario laboral.

El daño colateral no es menor. Mientras la gobernadora Lorena Cuéllar se empeña en sostener una imagen de trabajo incansable y resultados concretos, la postal que queda en los eventos de esa Secretaría es la de unos novios que confunden lo público con lo privado. Y eso, en un gobierno que ya batalla con la percepción ciudadana, es como echarle gasolina a un incendio.

Claro, lo que hagan en su intimidad es asunto exclusivo de ellos. Pero cuando la pareja se traslada, en combo, a actos oficiales, lo privado se convierte en público. Y el público tiene derecho a preguntarse: ¿qué gana Tlaxcala con una diputada que se pasea en actos ajenos y se consolida cada día como una de las más improductivas de la actual legislatura, más preocupada por las redes sociales que por su labor y un secretario que la lleva a todas partes como si fuera adjunta no oficial?

Es evidente que los tórtolos han perdido mesura. Sus apariciones constantes ya no parecen un gesto de amor, sino un abuso de su investidura. Y aquí la pregunta no es si están enamorados —eso lo sabemos todos— sino si recuerdan que el puesto que ocupan es más grande que su romance.

Porque si algo necesita Tlaxcala, no son más escándalos ni más motivos de burla, sino servidores públicos que respeten los espacios y que entiendan que la imagen de un gobierno no se defiende con declaraciones, sino con conductas congruentes. Pero en este caso, la congruencia anda de vacaciones.

Ojalá alguien les recuerde que hay tiempo y lugar para todo. Que los actos públicos son para servir a los ciudadanos, no para oficializar selfies románticas. Pero lo dudo: en Tlaxcala el amor también parece tener fuero.

Y por si quedaba duda, en Chiautempan —cuna de Aurora— dicen que los berrinches son herencia maternal. Así que la escena no cambiará pronto: prepárese Tlaxcala, porque la telenovela aún tiene varias temporadas pendientes.

Otra confiancita

El transporte público en Tlaxcala parece no tener frenos… ni en el volante, ni en la disciplina. Cada día es más evidente que los choferes se sienten dueños de las calles, de los pasajeros y hasta de las banquetas si se les antoja. Las unidades desvencijadas brincan más que un mariachi con resorte, y los usuarios, entre bache y volantazo, terminamos debiendo cita al quiropráctico.

Ya es momento de que las autoridades detengan estos excesos. Porque entre los choferes sin respeto, los dueños sin control y las calles llenas de baches, subirse al transporte público se ha convertido en una experiencia extrema… pero sin casco, ni cinturón, ni seguro.

Nos vemos pronto, en confianza.