Dulce Silva entra al tablero: la contienda que Morena no esperaba tan pronto
Víctor Rodríguez
El escenario político rumbo a la gubernatura de Tlaxcala comienza a tomar forma, y lo hace con una pieza que muchos anticipaban, pero cuyo momento exacto mantenía en suspenso a más de uno: la reaparición de Dulce Silva. Su entrada no es menor. No es una más en la lista. Es, en términos políticos, un movimiento que reconfigura el tablero dentro de Morena.
Durante meses, la narrativa parecía clara. Si la candidatura se definía para una mujer, la figura dominante era la senadora Ana Lilia Rivera. Su posicionamiento se ha construido desde una historia personal que conecta con sectores populares: una mujer que no proviene de élites políticas ni económicas y que ha sabido capitalizar el descontento de militantes de Morena que se sienten desplazados, así como de grupos externos que ven en el movimiento una puerta de entrada.
Sin embargo, la política rara vez se mantiene en líneas rectas. La llegada de Dulce Silva introduce competencia real, y eso cambia todo. Y no solo en el discurso: en los hechos, su presencia ya se siente en el territorio. En distintos puntos del estado han comenzado a aparecer bardas pintadas con su nombre, así como flyers y pósters que refuerzan su posicionamiento, evidenciando una estrategia de presencia anticipada que busca instalar su figura en la conversación pública.
No es la primera vez que su nombre pesa. En la pasada contienda, cuando enfrentó a la hoy gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros, Silva demostró que podía competir en condiciones adversas. No ganó, pero dio batalla. Y eso, en política, cuenta más de lo que a veces se reconoce.
Porque hay que decirlo sin rodeos: Lorena Cuéllar no era —ni es— una rival sencilla. Con trayectoria, estructura, conocimiento del territorio y una narrativa consolidada, logró no solo ganar la elección, sino sostener un gobierno que, más allá de simpatías o diferencias, ha dejado números difíciles de ignorar. En inversión, obra pública y acciones sociales, su administración ha marcado un ritmo que supera con claridad a sus antecesores. La vara está alta. Muy alta.
Y es justo en ese contexto donde el perfil de quien aspire a sucederla cobra especial relevancia.
Si el género de la candidatura favorece a una mujer, el duelo que hoy se perfila entre Ana Lilia Rivera y Dulce Silva no solo será inevitable, sino profundamente revelador. Porque más allá de trayectorias, lo que está en juego es la capacidad de conectar, resistir y convencer.
En ese terreno, las diferencias empiezan a hacerse visibles.
Ana Lilia Rivera ha construido una base sólida, sí, pero también ha enfrentado momentos complejos, particularmente en su relación con los medios. Algunas de sus reacciones públicas han sido percibidas como poco afortunadas, dejando una imagen de confrontación que, en un entorno político cada vez más expuesto, puede pasar factura.
Dulce Silva, en contraste, ha mostrado mayor temple frente a escenarios adversos. Enfrentó ataques mediáticos en el pasado y logró sortearlos sin perder el control del discurso. Esa capacidad —la de mantenerse firme en medio de la presión— no es menor. Es, de hecho, una de las habilidades más valoradas en campañas de alto nivel.
Pero quizá el elemento más interesante está en la conexión con la gente.
Silva ha logrado algo que no todos los perfiles consiguen: desmarcarse de la etiqueta de pertenecer a una clase económica alta para construir cercanía con distintos sectores sociales. No es un proceso automático ni sencillo, pero en su caso ha mostrado avances claros. Lo demostró en campaña, caminando territorio, dialogando, generando empatía.
A eso se suma su experiencia legislativa, su bagaje electoral y un capital político que no se limita a Tlaxcala, sino que también se nutre de su paso por la Ciudad de México y de sus vínculos dentro de Morena. No llega sola. Llega con estructura.
Eso no anula, por supuesto, el peso de Ana Lilia Rivera. Pero sí equilibra la balanza.
Y cuando la balanza se equilibra, la competencia se vuelve real.
Hoy, más que nombres, lo que se empieza a definir es el tipo de candidatura que Morena quiere proyectar en Tlaxcala. Una candidatura de identidad social, construida desde la narrativa de origen, o una candidatura de operación política, con experiencia electoral probada y capacidad de adaptación.
Aún falta una variable clave: el género. Si la candidatura no es para mujer, el escenario cambia por completo y abre la puerta a otros perfiles que ya también se mueven como máquina de ferrocarril a todo vapor. Pero si se mantiene en ese terreno, la contienda entre Dulce Silva y Ana Lilia Rivera promete ser una de las más interesantes en la historia reciente del estado.
Por lo pronto, la incertidumbre se ha disipado en un punto: Dulce Silva ya está en la escena.
Y con ella, la competencia dejó de ser un trámite para convertirse en una verdadera disputa política.
