EN CONFIANZA

“Entre luces, discursos y futuros”
Por Gilberto Olmos
El viernes 3 de octubre Tlaxcala se vistió de gala para celebrar sus 500 años de fundación, con una ceremonia que mezcló historia, pirotecnia y —por qué no decirlo— una buena dosis de futurismo político. El espectáculo de luces fue deslumbrante: pantallas gigantes, animaciones que parecían hechas para un parque temático y una producción que, por momentos, dejó claro que hemos alcanzado la categoría de eventos de “clase mundial”. Eso sí, hasta que apareció un video de inteligencia artificial tan fuera de lugar que uno no sabía si aplaudirle al progreso o reiniciar el sistema de tan falsa producción.
Pero más allá de los destellos tecnológicos, el escenario también fue testigo de otra clase de espectáculo: el político. Porque entre el humo de los cohetes y las loas al pasado, se lucieron dos figuras muy del presente: Alfonso Sánchez García, alcalde capitalino y Josefina Rodríguez Zamora, secretaria de turismo del gobierno de México. Y no es que se tratara de un mitin, claro que no… solo que la coincidencia de los reflectores parecía, digamos, providencial.
Alfonso Sánchez García, alcalde de Tlaxcala, subió al podio con porte de político clásico, tono solemne y guion pulcro. Habló de las “letras doradas”, de “Tlaxcala como cuna de la historia y puente hacia el futuro”, de “nuestra herencia cultural y nuestro deber con las próximas generaciones”. Un discurso correcto, incluso elegante, pero más recitado que sentido. Si las palabras fueran luces, las suyas habrían brillado… pero sin calentar. Fue un mensaje que cumplió, pero no conmovió. Eso sí, no improvisó —y en estos tiempos, decir algo sin tropezar ya es un logro en política local y más por los antecedentes en ese terreno, por parte del arquitecto.
Josefina Rodríguez Zamora, en cambio, llegó como quien sabe que tiene algo que decir y que, sobre todo, sabe cómo hacerlo. Su voz ronquita, estridente, pero firme, sin papel o guion en mano, conquistó el aire antes que las luces y el ambiente antes que los sonidos del espectáculo. Dijo que “Tlaxcala sí existe en la historia… aquí nace nuestro México contemporáneo”, y así, con esa sola frase, logró más conexión emocional que todo el texto leído por su predecesor. Breve, natural y convincente, su discurso tuvo ese toque de oficio nacional que solo se gana hablando con auditorios en todos los tonos y acentos del país.
La diferencia fue tan evidente que los aplausos sonaron distintos: a él, lo aplaudieron por protocolo; a ella, por reflejo, por impulso y por emoción. Y aunque los discursos no eligen candidatos, sí los delatan. Uno sonó a deber cumplido; la otra, a oportunidad bien aprovechada. Mientras Alfonso aún parece entrenar para hablarle al municipio, Josefina ya parece lista para escuchar a todo el estado, después de un año hablándole a toda la nación.
El contraste deja una enseñanza que no está en ningún manual: el carisma también se ensaya, pero en campo abierto. Y si algo necesitarán los futuros aspirantes tlaxcaltecas, es acercarse más a la gente —no solo en los eventos oficiales, sino en las calles, los mercados, las ferias, donde los discursos se cambian por apretones de mano y las promesas por conversaciones. Porque cuando llegue la hora de pedir el voto, el público no querrá recordar lo que dijeron bajo las luces… sino lo que hicieron bajo el sol y ante los ojos de todos.
Y hablando de luces, sería justo reconocer que, más allá del tinte político, el espectáculo fue espléndido. Un despliegue técnico que por momentos nos hizo sentir emoción y orgullo de ver esto en tierra tlaxcalteca. Ojalá esa misma sincronía de luces y sonido se aplicara también a la política: menos fuegos artificiales y más armonía entre discurso y acción.
Porque si los discursos de estos candidateables brillaron unos segundos, la tarea de fondo será mantener encendida la chispa de cercanía con la gente. Eso, y recordar que la historia no se conmemora cada 500 años: se honra todos los días, con hechos, no con reflectores.
Otra confiancita
Las fiestas masivas son una delicia colectiva, pero también un reto de responsabilidad. Y aunque las autoridades instalan vallas, ambulancias y paramédicos, no hay operativo que sustituya el sentido común. Llevar niños pequeños, adultos mayores o personas con discapacidad a eventos multitudinarios sin previsión es como entrar al ruedo con tacones: arriesgado y fuera de lugar.
No se trata de no disfrutar, sino de disfrutar con cabeza. Revisar rutas de salida, llevar agua, evitar las aglomeraciones y, sobre todo, no perder de vista que la seguridad también se celebra. Porque entre luces, música y emociones, nadie quiere ser la anécdota triste de la noche.
Nos vemos, pero en confianza.