EN CONFIANZA

Por Gilberto Olmos

Sin duda, en Tlaxcala la opinión pública se ha convertido en un producto de consumo inmediato. Ya no se construye en cafés ni en plazas públicas, sino en las redes sociales, donde media verdad mezclada con un buen meme tiene más peso que una conferencia de prensa completa. Y claro, la percepción se alimenta más del “me dijo un amigo” que del dato comprobado.

El problema no es solo la velocidad con que circula la información, sino la calidad de lo que se comparte. Entre las apologías del desastre y los aplausos al tropiezo ajeno, Tlaxcala termina luciendo peor hacia afuera y sintiéndose aún peor hacia adentro. Como si nos especializáramos en promover lo que nos resta y callar lo que nos suma.

Eso sí, sería un error pensar que todo se reduce a exageraciones digitales. Hay realidades que sí pesan en la percepción: la inseguridad, los salarios que apenas alcanzan para sobrevivir, la falta de empleo digno y la escasez de inversiones que muevan las economías locales. Y, por encima de todo, el cáncer que nunca falta en ningún gobierno: la corrupción.

En este terreno, la gobernadora Lorena Cuéllar carga con un desafío mayor. No es que no haya resultados —hay obras, programas y hasta innovaciones en marcha— pero la sombra de la corrupción siempre encuentra un reflector dispuesto a amplificarla. Y si desde el propio gobierno no se explican bien las cosas, el vacío lo llenan otros… generalmente con teorías que van del ingenio al absurdo.

En este escenario, el secretario de Gobierno, Luis Antonio Ramírez Hernández, ha salido a escena con un mensaje directo: quien haga mal uso de los recursos públicos enfrentará consecuencias. Lo ha dicho en todos los tonos y ante todas las audiencias: a sus compañeros de gabinete, a los diputados locales y hasta a los recién electos jueces, que por primera vez no podrán escudarse en su investidura para evadir cuentas.

Su mensaje anunciando de la iniciativa de la gobernadora Lorena Cuéllar Cisneros de crear la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno no es menor. Si de verdad se convierte en un órgano con dientes y no en un tigre de papel, más de uno tendrá que replantearse el uso de la chequera pública. Sobre todo porque, como él mismo señaló, los primeros clientes frecuentes podrían ser los del propio gabinete. Y vaya que eso manda un mensaje.

Por supuesto, queda la pregunta clave: ¿hasta dónde permea este discurso en un ambiente político donde las orejas de tepalcate abundan? Porque si de verdad se logra, Tlaxcala podría empezar a quitarse de encima la percepción de gobierno corrupto para mostrar lo que también es cierto: que en estos años se han hecho más obras y acciones que en varias administraciones juntas. Y para no ir tan lejos, más que su inmediato antecesor.

Lo interesante será ver cómo reaccionan los diputados tlaxcaltecas, esos pequeños faraones locales que creen que el presupuesto público es un cheque en blanco, o los nuevos jueces que pensaban que su elección era un blindaje automático contra la rendición de cuentas. El secretario ya los advirtió: todos están en la misma baraja, sumando también a los alcaldes y presidentes de comunidad.

Al final, la percepción ciudadana es como el agua: si no la encauzas, se desborda. Tlaxcala necesita que sus gobiernos aprendan a explicar mejor lo que hacen, que sus medios dejen de regodearse en el caos, y que los ciudadanos aprendamos a filtrar la información con criterio. De otra forma, seguiremos alimentando la idea de que aquí todo está mal, cuando la verdad es que no es ni tan negro, ni tan blanco.

Otra confiancita
Muchos acusan a los gobiernos de inhumanos por emprender campañas de control de perros callejeros. Y sí, es doloroso ver que se retiren animales de la vía pública, pero conviene recordar que esos mismos perros se vuelven ferales por obra y gracia de quienes dicen amarlos: los alimentan, pero no les dan techo.

Antes de condenar estas medidas, quizá deberíamos preguntarnos cuántos estaríamos dispuestos a adoptar o, al menos, a aportar para programas de esterilización masiva. Eso sí sería hacer ciudadanía: resolver el problema desde la raíz y no desde el grito en redes sociales. Porque cuidar a los animales también significa proteger a las personas y al espacio común. Nos volvemos a encontrar, pero En confianza.