En el vasto universo de los opinólogos

Ese gremio tan diverso como ruidoso— conviven tres especies claramente identificables: quienes saben y lo comparten con maestría, quienes quieren saber y se esfuerzan en aprender, y quienes creen saber, pero en realidad solo ejercen el legítimo derecho de hablar… aunque lo hagan sin que la razón los respalde.

Lo traigo a colación porque Tlaxcala atraviesa, simultáneamente, varias crisis: unas visibles, otras disfrazadas y unas más que, de tan mal manejadas, terminan siendo peores que antes. Entre las soluciones a medias, las malas completas y las pocas buenas, pareciera que vamos por la vida con el freno de mano puesto… y el tanque en reserva.

En esta trama, los gobiernos —de todos los colores y niveles— cumplen puntualmente con su papel: en campaña prometen resolver lo posible, lo imposible y hasta lo que nadie les pidió, para luego descubrir, ya en el poder, que no era tan fácil. Y junto a ellos, otro actor clave: los medios de comunicación. Algunos cumplen su función con profesionalismo; otros, con entusiasmo amateur; y unos más inventan géneros periodísticos que ni el mismísimo Gabriel García Márquez habría imaginado en su realismo mágico.

Porque no nos engañemos: en la nómina invisible de problemas nacionales, la corrupción y la ignorancia institucional siguen encabezando la lista, seguidas de cerca por el abuso de autoridad y la confianza mal entendida. Y sí, es tarea de la prensa evidenciarlo, pero también entender que el periodismo no es únicamente exponer la tragedia, sino explorar la amplia gama de grises donde está lo que realmente nutre la opinión pública.

El problema es que muchos colegas opinólogos —y aquí que se ponga el saco quien le quede— se desgarran las vestiduras ante lo irrelevante, pero dejan pasar lo fundamental, sobre todo si el silencio les resulta más rentable. No es casualidad que algunos temas “indignen” solo cuando el viento sopla a favor de ciertos intereses.

Tlaxcala merece gobiernos mejores, sin duda, pero también periodistas, reporteros y comunicadores más comprometidos con contar la historia completa. Porque sí, tenemos problemas serios que atender —inseguridad, empleos dignos, garantizar comida en todas las mesas— pero también tenemos motivos de orgullo que rara vez ocupan titulares. Quizá porque, como algunos piensan, lo bueno no paga… aunque a la gente le alimente el alma.

Y yo, lo confieso, me quedo con ese Tlaxcala que me hace sentir orgulloso: el de las plazas llenas de vida, la comida que no se olvida, las tradiciones que nos definen y la gente que, con todo y las dificultades, sonríe y sigue trabajando cada día. Ese es el Tlaxcala que convive con la urgencia de resolver lo que está mal, pero que no debería perder de vista lo mucho que sí está bien.

Sé que habrá quien se ofenda con lo que digo, pero me tranquiliza saber que solo lo harán quienes no alcanzan el nivel de profesionalismo que los tlaxcaltecas merecen. A quienes sí lo tienen, mis respetos; a los otros… tranquilos, no volveré a darles espacio en estas líneas, porque no se lo han ganado.

Otra confiancita
Hacer ciudadanía es, sobre todo, hacerse responsable de los actos propios. Por eso, esos que llaman al 911 para hacer bromas o reportes falsos no son graciosos ni traviesos: son parte del problema en el que del 90 por ciento de esas llamadas son inútiles. Eso sí, después nos quejamos de que las ambulancias o patrullas tardan, pero rara vez reconocemos que los recursos se distraen atendiendo emergencias ficticias.

Así que, antes de levantar el teléfono para “pasar el rato”, pensemos en quien, en ese momento, sí necesita ayuda real. La ciudadanía y sobre todo la seguridad también se construye con responsabilidad… y eso, aunque no se diga tanto, es parte del civismo que todos deberíamos practicar.