Herencias y Herederos
- Un homenaje a Emilio Sánchez Piedras terminó abriendo espacio para especulaciones sobre el futuro político de Tlaxcala.
- En política, a veces lo más importante no está en lo que se dice, sino en lo que cada quien cree escuchar.
EN CONFIANZA
Por Gilberto Olmos
Dicen los viejos maestros de la política que los discursos tienen dos mensajes: el que se pronuncia y el que cada asistente interpreta. El primero suele durar unos minutos. El segundo puede durar años. Por eso conviene poner atención no solo a las palabras, sino también a los silencios, los énfasis y las circunstancias en que se pronuncian.
Eso vino a mi mente durante la conmemoración del 45 aniversario luctuoso del exgobernador Emilio Sánchez Piedras. Como ocurre cada año, los oradores recordaron al hombre que modernizó buena parte de Tlaxcala y cuya visión sigue apareciendo en cualquier conversación seria sobre el desarrollo del estado. Hablar de Don Emilio es hablar de un hombre que pensaba a largo plazo y no a la velocidad de una tendencia en redes sociales (inexistente en ese momento).
En esa revisión histórica resulta inevitable mencionar a Alfonso Sánchez Anaya, sobrino de Don Emilio, quien décadas después construyó su propio espacio en la historia política local. Ahí comenzó a ponerse interesante el asunto. Porque cuando las familias acumulan capítulos en la historia pública, siempre aparece alguien dispuesto a preguntarse si la siguiente página ya tiene autor.
En esa ceremonia luctuosa, la representación de la gobernadora Lorena Cuéllar estuvo a cargo del secretario de Gobierno, Luis Antonio Ramírez Hernández. Su mensaje, formalmente dedicado a destacar el legado de Sánchez Piedras, dejó material suficiente para que los aficionados a la hermenéutica política sacaran libreta, lupa y hasta detector de señales.
Porque una cosa es rendir homenaje a una figura histórica y otra muy distinta es que algunos asistentes empiecen a encontrar mensajes ocultos entre cada párrafo. En Tlaxcala tenemos una habilidad especial para convertir cualquier ceremonia solemne en una sesión avanzada de lectura entre líneas. Hay quienes escuchan un discurso y escuchan un discurso; otros escuchan una candidatura.
Y fue precisamente ahí donde comenzaron las interpretaciones. Para algunos observadores, el reconocimiento reiterado a la visión política de Emilio Sánchez Piedras y la referencia a la continuidad de ciertos principios de gobierno constituyeron algo más que una evocación histórica. Vieron un guiño. Una insinuación. Una puerta apenas entreabierta hacia la posibilidad de que Alfonso Sánchez García represente una continuidad generacional y política para Tlaxcala.
¿Es eso lo que quiso decir Luis Antonio Ramírez? Solo él lo sabe. Pero en política las intenciones importan menos que las percepciones. Y la percepción comenzó a caminar sola desde el momento en que terminaron los aplausos.
Más aún cuando, durante entrevistas posteriores, el secretario volvió a referirse a la relevancia de ciertos perfiles políticos para el futuro del estado. Nada explícito. Nada que pudiera convertirse en titular definitivo. Pero sí lo suficiente para alimentar conversaciones en cafés, oficinas gubernamentales, mesas de análisis y grupos de WhatsApp, que hoy funcionan como el equivalente moderno de las antiguas tertulias políticas.
La posibilidad de que Alfonso Sánchez García busque mayores responsabilidades públicas no sorprende a nadie. Tampoco sorprende que su nombre aparezca cada vez con más frecuencia en las conversaciones sobre 2027. Lo verdaderamente interesante es observar cómo comienzan a acomodarse las piezas alrededor del tablero.
Porque mientras algunos ven encuestas, otros ven estructuras; mientras unos observan popularidad, otros calculan gobernabilidad; mientras unos construyen candidaturas, otros construyen condiciones para que las candidaturas sobrevivan.
Lo único seguro es que el proceso sucesorio ya comenzó, aunque oficialmente nadie quiera admitirlo. Y como ocurre en toda buena novela política, los personajes todavía sonríen para la fotografía mientras los lectores intentan adivinar cómo terminará el siguiente capítulo.
Al final, quizá la lección sea sencilla: en política las palabras pesan, pero las interpretaciones pesan todavía más. Y cuando un homenaje al pasado comienza a generar conversaciones sobre el futuro, es porque alguien, en algún lugar, ya empezó a mover las piezas del tablero.
OTRA CONFIANCITA
Las recientes inundaciones en Tlaxcala capital y Apizaco han provocado una competencia poco productiva: la de encontrar culpables. Los ciudadanos señalan a los gobiernos municipales. Los gobiernos señalan a las lluvias extraordinarias. Y las lluvias, afortunadamente, no ofrecen conferencias de prensa, pero saben que ellas no provocaron las inundaciones.
La realidad suele ser menos cómoda. Sí, corresponde a las autoridades dar mantenimiento a drenajes, barrancas y sistemas pluviales. Pero también es cierto que toneladas de basura terminan cada año en alcantarillas y cauces por obra directa de los ciudadanos.
Una botella arrojada hoy parece insignificante. Multiplique esa conducta por miles de personas durante meses y tendrá la explicación de buena parte de los encharcamientos que después terminan convertidos en tragedias.
La cultura cívica no empieza cuando llega la inundación; empieza mucho antes, cuando decidimos qué hacer con un simple papel, una bolsa o una botella vacía.
Nos vemos pronto, pero en confianza.
